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POR VELIA GOVAERE - 10 de Enero 2019

 

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Estamos en vísperas de la presentación del ‘brexit’ al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. ¿Cuál será el desenlace de la novela británica?

Los cielos se nublan. El año comienza con signos de tormenta. Todos los horizontes se ciernen de amenazas. Voces de alarma advierten los peligros de una nueva crisis financiera. Pero si lo financiero es un peligro, lo político lleva esta emergencia a un estado de alarma.

En un mar huracanado, un barco sin brújula enfrenta una tormenta perfecta. Pocas veces la historia ha visto esta confluencia nefasta de crisis económica y agotamiento político.

A diferencia del crac del 2008, el establishment democrático de Occidente sufre espasmos de liderazgos enclenques, remezones de resentimientos de poblaciones olvidadas y estructuras institucionales en desajuste con los avances tecnológicos.

La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos

Todo se conjuga para que las necesidades no tengan alternativas confiables. Amarillo es el color que asume esta dolencia hepática de indefiniciones. Francia puso el tono, pero el Reino Unido será el primer escenario donde los retos enfrentarán las impotencias. Su nombre es brexit.

Las premisas son conocidas. Por escaso margen, en el Reino Unido se impuso, en referendo, la opción de abandonar la Unión Europea. Así se expresó el desafecto de periferias dejadas en abandono por las élites políticas. El mismo escenario se repetiría, después, en otros países. En Estados Unidos, de forma fatal. En Costa Rica, dejando los pelos en la alambrada. Brasil no tuvo esa suerte o ese buen tino.

Cada caso tiene su propia narrativa ideológica, pero su trasfondo sociológico es semejante: votaciones marcadas por fronteras territoriales con desarrollos económicos heterogéneos, vinculados con una globalización políticamente a la deriva.

Resquemores. ¿Cuál fue la narrativa que se impuso entre los británicos para decidir salir de la Unión Europea (UE)? El británico desempleado, de periferias abandonadas o barriadas marginadas, sentía resentimiento por sostener sin beneficio evidente la enorme, costosa y reputadamente ineficiente burocracia de Bruselas.

Por otra parte, la pertenencia a la UE traía conexa una pérdida del control migratorio y nadie está culturalmente menos preparado para una tumultuosa inmigración que las regiones periféricas. Dominó, por tanto, el discurso de recuperar “la soberanía de fronteras y mercados laborales”.

En el imaginario colectivo separatista también se vincularon con la inmigración el agravamiento de debilidades preexistentes en los sistemas de educación, vivienda, seguridad social y salud. La inmigración, además, presiona a la baja los salarios. Ahí se impuso el mensaje separatista.

Pero la opción misma de un referendo fue una decisión intempestiva de un liderazgo desatinado, de imprevisión muy poco inglesa. Nadie creyó lo que hasta las urnas daban por impensable. El primer ministro David Cameron se jugó el destino de su nación en una apuesta improbable. Y perdió.

Había abogado por la permanencia. El brexit le costó el cargo. Pero ahí no terminaron los equívocos. A Theresa May, su sucesora, le tocaría lidiar con la negociación de la salida, habiendo, también ella, votado por la permanencia. ¿Cómo ser líder de algo en lo cual no se cree?

División. Dado el brexit, había que definir en qué condiciones quería quedar el Reino Unido frente a la UE. Pero la élite política británica de ambos partidos ni siquiera se había planteado esa disyuntiva, y quedó indecisa y dividida entre todas las alternativas de salida: ruptura total, unión aduanera, tratado de libre comercio, acuerdo especial de asociación.

Entonces, vino el segundo paso en falso. Para iniciar la negociación de una salida, la UE requiere notificación formal dos años antes. El brexit fue una sorpresa. Nadie en la élite política lo había previsto y no estaban preparados.

El referendo los obligaba a salir, pero no les decía hacia dónde. En ese trance impensado, la clase política pudo y debió haberse tomado un tiempo prudencial para buscar el más amplio consenso posible sobre el futuro estatus deseado frente a la UE antes de notificar la decisión de partida. No lo hizo.

Sin tener claro lo que quería, notificó su decisión de ruptura y comenzaron a correr los tiempos de salida, negociada o no. Pero no existía una propuesta británica de estatus futuro que negociar.

Para los brexistas, los términos del divorcio serían más que favorables. Los británicos tendrían todas las cartas del juego en las negociaciones. La fantasía que vendieron era mantener la mayoría de los beneficios de la pertenencia, sin sus costos. No contaban con un pequeño detalle: Bruselas. Desde Berlín, hasta París, pasando por Roma y Madrid, se abrió camino la consigna de dar un escarmiento para que nadie siguiera ese “mal ejemplo”.

Cuando la propuesta británica al fin llegó, comenzó el calvario. Nada sería como lo pintaron. Después de pocos meses de negociación, ni siquiera en su partido May alcanzó consenso por lo logrado. Inútil volver a Bruselas. Nadie está dispuesto a mejorar lo negociado.

En su versión final, el acuerdo es un período transitorio, como unión aduanera, mientras se negocia un TLC. Entretanto, se quedan, por tiempo indefinido, todos los sistemas, reglamentaciones y estándares de la UE, sin el beneficio de participar en las decisiones. Se asume el costoso pago del divorcio y los costos de la unión aduanera, que tampoco es gratuita. Es decir, si querían beneficios sin costos, ahora tienen costos sin beneficios. ¿Cómo alcanzar mayoría parlamentaria bajo esos términos? Aun así, la disyuntiva de salir sin acuerdo es peor. Y conste que ni siquiera hemos dicho “Irlanda”, de oscuras amenazas, que por su complejidad merecen capítulo aparte.

Estamos en vísperas de la presentación del acuerdo al Parlamento y no existe aún una mayoría que lo respalde. Si el Parlamento no lo ratifica, pasado el 29 de marzo, solo quedarán dos opciones: el desastre de una salida sin acuerdo o… un nuevo referendo.

Yo, personalmente, dudo que exista una mayoría que siga queriendo salir de la UE, sobre todo, después de haber vivido el desconcierto de los nubarrones del brexit.

 La autora es catedrática de la UNED.