LLM. Velia Govaere Vicarioli
Coordinadora del OCEX
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El evento auspiciado por el MEIC para un diseño consensuado de una política industrial nacional contó con los insumos de Velia Govaere, coordinadora del Observatorio de Comercio Exterior. OCEX, que ha destacado la necesidad de que el país cuente con una política productiva propia, en foros nacionales e internacionales, intervino en el Panel “Fomento Productivo e Innovación” moderado por la Viceministra Dinarte, con las siguientes reflexiones:


Poltica-Inustrial-adentro“Amigos y amigas:

En los últimos 30 años se ha consolidado, en Costa Rica, un paradigma hegemónico donde el equilibrio macroeconómico se basa en la apertura comercial. A ese paradigma yo le llamaría una economía “desde afuera y hacia afuera”. Me explico: su eje central es la construcción de un andamiaje productivo de punta basado en la atracción de inversión extranjera (eso es lo que llamo orientación productiva “desde afuera”, es decir atrayendo industria foránea). Para ello se ha creado una amplia plataforma exportadora (lo que yo llamo “hacia afuera”), a través de una progresiva batería de tratados de libre comercio para tener acceso preferencial a los principales mercados del mundo, que es el anzuelo para atraer esa inversión extranjera directa, pivote casi único de nuestra diversificación exportadora.


Las políticas públicas están centradas en esos dos grandes ejes: exenciones fiscales totales en toda la cadena impositiva a la inversión industrial en regímenes especiales y apertura de mercados, con una amplia plataforma de acceso preferencial a 90% de los mercados internacionales, a través de tratados de libre comercio.


Estas políticas públicas han logrado que un país de tan sólo 4 millones y medio de habitantes sea hoy el primer exportador de productos de alta tecnología en América Latina. Si se excluyen minerales y combustibles, que no tenemos, Costa Rica es, además, el primer país exportador per cápita de bienes de la región ya que exporta más de 4 mil quinientos productos a 150 países. Es también, dentro de sus exportaciones industriales, el cuarto país del mundo con mayor proporción de exportaciones de alta tecnología.


Esto se ha reflejado en una significativa transformación de la estructura de las exportaciones nacionales. Mientras a inicio de la década de los 90 las exportaciones de bienes primarios representaban el 57,6% de las exportaciones, ahora representan sólo el 26%. En 1990, 9,3% de las exportaciones correspondían a manufacturas de tecnología media y alta, cuando ya en el 2000, ese tipo de manufacturas daban cuenta del 48,5% de las exportaciones, habiendo pasado las de alta tecnología del 3,2% al 36,5%.


Pero este modelo no es integral, porque descuida, sin lugar a dudas, el desarrollo endógeno de nuestro aparato productivo, que ha carecido de una política pública específica, que complemente la apertura comercial. Lo integral habría sido tener una política “desde adentro y afuera, hacia adentro y afuera”, es decir tener en cuenta el entorno productivo propiamente nacional como origen y como destino, no como parada, que es lo que es ahora: simple puerto de estacionamiento de la inversión de las multinacionales, con muy poco anclaje, como lo acaba de demostrar INTEL.


El éxito relativo del modelo costarricense, en su conjunto, ha dado, como resultado, una alta heterogeneidad social, productiva y territorial. La ausencia de una política industrial que eleve la productividad de las empresas nacionales no permite que las empresas locales asimilen las formidables oportunidades de transferencia tecnológica que se crean con la presencia de empresas multinacionales de punta. A esa heterogeneidad productiva corresponde una creciente desigualdad social, producto de baja efectividad educativa y poca oferta de mano de obra calificada.


El modelo de desarrollo de Costa Rica ha sido de una transformación estructural unidimensional, unilateral y centrada en una aproximación aislada del conjunto de su sistema productivo, desarticulada de su entorno social y desvinculado de su recurso humano. Esto tiene consecuencias directas en nuestra capacidad de apropiación nacional de la tecnología que se deriva del tipo predominante de exportación. También implica impactos en los diferenciales crecientes de salarios y en una amortiguación del beneficio multiplicador de las exportaciones y de la IED en el resto de las actividades económicas.


La IED, con una producción de enclave, equilibra en 98% la balanza comercial. Eso es bueno, aunque peligroso, poco sostenible en el tiempo y nos produce una dependencia perniciosa. Pero eso no es lo más grave. Lo más grave es que está desligada del tejido productivo local, existe poca transferencia tecnológica, escasa inversión en investigación y desarrollo.


Tenemos un gran volumen y diversificación de exportaciones, pero si eliminamos la producción de enclave de alta tecnología, nuestros principales productos de exportación siguen siendo los tradicionales: café, banano, piña. Nuestras exportaciones fuera del enclave no denotan cambios estructurales en materia industrial. La manufactura netamente doméstica no está orientada hacia la competitividad internacional.


Las exportaciones costarricenses participan en cinco grandes cadenas globales de valor, todas de alta tecnología, sin embargo, el grueso de esa producción depende no de producción nacional, sino de insumos de bienes intermedios importados y tiene muy poco valor nacional agregado, concentrado en encadenamientos locales, sobre todo de logística, embalaje y transporte. Hemos construido una maquila un poco más sofisticada que el resto de Centroamérica. Pero poco más que eso.


La IED promueve empleo de calidad, buenos ingresos y crea capacidades en sus empleados, que después se traducen en mejor calidad de personal especializado. Sin embargo, recluta sobre todo técnicos medios y las multinacionales tienen en el país pocas actividades de investigación y desarrollo, sino fundamentalmente de ensamblaje, con bajo valor agregado. El Estado tiene insuficientes políticas de incentivos para las actividades empresariales de innovación, dedica pocos recursos a la investigación y no estimula a la empresa privada a invertir en esas actividades con contrapartidas fiscales, como es cada vez más usual en el ámbito latinoamericano. ¿Y cómo podríamos hacerlo, en la situación fiscal que tenemos? Los grandes países latinoamericanos aprovecharon las vacas gordas para hacer reformas fiscales integrales. Nosotros nos comimos las vacas y ya no nos queda ni el cuero.


Tenemos altos niveles educativos, pero desde hace 25 años los avances en la educación no han tenido el suficiente dinamismo como para generar una real transformación en el mercado laboral. 25 años después del modelo de nueva economía exportadora, el 60% de su fuerza de trabajo es no calificada, y eso es apenas un 16% menos que en 1987. El 75.8% de las personas que salen a buscar trabajo por primera vez y no lo encuentran, no han terminado la secundaria. Tampoco tienen estudios de secundaria el 84.4% de las personas que pierden su empleo.


La nueva economía basada en la promoción de las exportaciones tiene una fuerte dinámica de creación de empleo, pero hay una todavía más poderosa contracción de la oferta de trabajo en la vieja economía. Así, mientras, en 2012, en la dinámica nueva economía se produjeron 10 mil nuevos empleos, en los sectores industriales de la poco sofisticada vieja economía se eliminaron 12 mil puestos de trabajo.


Eso era entonces, antes que se fuera del país el grueso de INTEL. Esta situación es tanto más grave ahora ya que no sólo pierden trabajo obreros no calificados de la vieja economía, que se sitúan al margen de la línea de pobreza, haciendo más frágil el sostenimiento de los niveles actuales, sino que ahora la amenaza de desempleo toca también a un sector que se sentía, hasta ahora, seguro.


La nueva economía había sido hasta ahora muy dinámica, pero demandaba mano de obra cualificada que crece sólo a un ritmo del 0,65% anual, que no es la velocidad requerida para que la masa laboral del país pueda aprovechar en el corto o mediano plazo las crecientes oportunidades laborales que ofrece la Nueva Economía. Tampoco es suficiente para los requerimientos de la IED que encuentra crecientes dificultades para ubicar recurso humano en los números y calidades apropiadas. En esa situación, la contracción actual de empresas de enclave es particularmente amenazante.


Las multinacionales situadas en enclave generan empleo. Estos trabajadores reciben ingresos 60% mayores que el promedio nacional. Sin embargo eso beneficia, como decíamos, solamente al 2.6% de la población económicamente activa y no tiene fuerza de arrastre en la economía en su conjunto, ni por su efecto en la demanda agregada en el mercado interno, ni por su impacto en las industrias locales.


A esta situación hay que agregar una seria crisis de gobernabilidad que nos ha impedido resolver nuestros acuciantes problemas hacendarios, con un déficit fiscal del 6% anual, un endeudamiento que llega ya al 60% del PIB, cuyo servicio ocupa cada vez una proporción más alta del presupuesto nacional. A eso se suman bajos niveles de ingresos tributarios. Es decir, cuando pudimos con facilidad hacer cambios no los hicimos y ahora nos toca la urgencia de hacerlos cuando ya es más difícil. Pero cuando toca, toca. Si no los hacemos, del borde del abismo pasaríamos al precipicio.


Se acumulan así las condiciones que demandan un giro, un cambio de políticas públicas, centradas fundamentalmente en la convergencia del desarrollo industrial del país, con una visión holística. Sin dejar de ver hacia afuera, porque eso además de erróneo sería imposible, es urgente comenzar a ver mucho más hacia adentro y desde adentro.
Estamos pues en la antesala de un cambio.


Muchas Gracias.”